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La Red Social: la vida es una competencia de remo
Los protagonistas de La Red Social Foto: www.routine.tumblr.com 
Pertenecer. La red social es una película que habla sobre la necesidad de ser parte de algo, de entrar a un club, a una fraternidad, a un grupo, a una habitación. El ser recibido. “Me gusta”. “Han aceptado tu solicitud de amistad”. Facebook, ya sabemos, es un club donde uno decide a quién quiere dejar entrar y/o qué quiere mostrarle a quién. Todo se reduce a quién le damos lugar en una nuestra fraternidad personal. La película de David Fincher que se estrena mañana es, indudablemente, una de las películas del año: se ocupa de la génesis de Facebook, tiene a grandes actores llevándose puesto el guión y tiene ese guión que es, básicamente, lo que hace que todo se mantenga en orden y que el film supere el karma de lo efímero. La pregunta es: ¿A alguien le va a importar La red social de acá a diez años o va a quedar obsoleta? Claro, ahora todos hablan de Mark Zuckerberg, pero ¿a quién le va a interesar cuando aparezca otro joven genio con otro gran invento? La respuesta es la película misma.
La red social es consciente de que lidia con un tópico actual, pero se expande, sale del ultimate social club y elabora una suerte de alegoría tragicómica sobre la vida como gran grupo del que entra y sale gente. Entonces, la respuesta a si tendrá inminente fecha de vencimiento es negativa. Aunque no podamos hoy sentenciar su permanencia, sí podemos confirmar su grandeza. Con un aval crítico unánime - como hace mucho que no se veía - y una polémica que venía adherida desde el vamos (Mark Zuckerberg dijo que muy poco de lo que se muestra es cierto), el film cubre cuatro campos y, en todos, triunfa.
1 de 8 - La red social, la película que pisa fuerte para el Oscar - Foto: OutNowBig Ideas
El primero de los campos es el tema base. La película se centra en las dos demandas que recibe Zuckerberg (la del co-fundador Eduardo Saverin y la de los gemelos Winklevoss y su socio Divya Narendra) y su defensa en ambos litigios antes de llegar al “arreglo”. Ese ida y vuelta entre abogados, demandado y demandantes, sirve para catapultar una serie de flashbacks que nos muestran el momento previo y el instante mismo de concepción de Facebook, el efecto dominó que causó y la gloria posterior medida por ese primer millón de usuarios que causa, a su vez, la ruptura de la amistad entre Zuckerberg y Saverin.
Más allá de que la película tome como caballito de batalla a Facebook (a fin de cuentas, los nombres de los protagonistas son los mismos, no estamos ante las licencias poéticas de Gus Van Sant), ya con su título brillante, sabemos que “la red social” de la que se habla es la red social en la que estamos involucrados todos. La mayoría de los individuos queremos, en algún momento u otro, ser aceptados por alguien. El film muestra cómo Zuckerberg comienza a esbozar su “proyecto” la noche en la que lo deja su novia. ¿El despecho conduce a la creatividad? La red social, como si estuviera diciendo que las mejores canciones de amor son las que hablan de rupturas, es brillante en ese aspecto. Le inventa al joven genio una novia para insinuar que las ideas más interesantes son las que surgen de momentos clave, del desasosiego, del desconcierto que te hace decir: “¿Por qué no te gusto?”.Aaron Sorkin, el hombre walkie-talkie
Aaron Sorkin en el set de la película Foto: OutNowLa primera escena de La red social ya delata que el guión es de Aaron Sorkin. Su Mark Zuckerberg no podría ser de otro: verborrágico, ácido, veloz, topadora. Sorkin, guionista de grandes películas como A Few Good Men y, sobre todo, de la subvalorada The American President; y de grandes series como The West Wing y la cancelada-que-lloramos Studio 60 on the Sunset Strip, hace lo que mejor le sale: pasarse de rosca. Y es consciente. Se ríe de eso. Su Zuckerberg es el hombre que siempre te va a correr la zanahoria. Si hay dudas acerca de la perdurabilidad de La red social amén del tema que toca, esa duda se disipa cuando Sorkin les da a los personajes líneas brillantes que exceden Facebook, que se ocupan de los vaivenes de la amistad cuando hay dinero de por medio, de criticar al sistema educativo universitario con sus exigencias (“¡Esto es Harvard!, todo el mundo está inventando algo”) y, sobre todo, del deseo de pertenencia que se exacerba en ese ambiente.
Por eso, las licencias creativas que se toma van todas en función de esos tópicos. Sorkin, el hombre de la inteligencia catódica, ficcionaliza y muestra a Zuckerberg desde la paradoja: el joven que crea el producto más aceptado es, a su vez, solo aceptado por el producto que crea. Con problemas para sociabilizar pero con una capacidad para darte vuelta con una frase, el creador de Facebook es (en la película y de la mano de Sorkin), un personaje magnético, carismático, que implementa el estilo walk and talk del guionista pero quien también puede hacerte girar desde una silla, mientras mira la lluvia caer.Video: Trailer de The Social Network
El curioso caso de David Fincher
Fincher dirige a Eisenberg y Garfield Foto: OutNowYa hice un mini post en el blog sobre este director de filmografía tan extraña, tan despareja, tan susceptible a ser discutida. Si de por sí hacer listas es divertido, con el cine de Fincher lo es aún más, porque nos movemos desde The Game hasta La habitación del pánico o de Zodíaco a El curioso caso de Benjamin Button, bajando el nivel de excitación. Si hay algo que no le podemos discutir al director es su falta de riesgo. No cualquiera se prende en una remake de Millenium y no cualquiera filma El club de la pelea así, intravenosamente. La red social, en el aspecto de realización, también abre una discusión: ¿Es más una película de David Fincher que un guión de Aaron Sorkin o al revés? El punto es que ese guión arrasa con todo continuamente y cuesta encontrarle al film un sello personal que la identifique como obra de uno y no de otro.
Como los espectadores intentamos seguirle el paso a Zuckerberg personaje, Fincher hace lo propio con el guión, pero con mayor astucia, con un nervio que hace que la película se mueva a la velocidad de una cinta de correr. Como ejemplo está la memorable secuencia de competencia de remo, que ahí sí, sin palabras, se ilustra todo lo que está en la película: el ritmo, la fuerza, la lucha de poderes y, nuevamente, la persecución de la zanahoria, la necesidad de tener la llave para acceder a la más codiciada puerta.Éramos tan indies
Eso. Éramos. Si a Jesse Eisenberg lo vivían comparando con Michael Cera, entonces los paralelismos deberían morir aquí mismo, con esta actuación. Es decir, olvídense del Jesse de Historias de familia, de Adventureland, de Zombieland. ¡Adiós personajes con problemas para verbalizar! En algún punto, el Zuckerberg de Eisenberg, por su incapacidad para entablar vínculos, tiene algo de aquellos otros papeles, pero el actor logra, por primera vez, cargarse una película al hombro (con ayuda de Andrew Garfield y Justin Timberlake, sorprendentes ambos), desafiando a Sorkin y ejecutando todas y cada una de esas palabras que conforman monólogos y diálogos enreverados, divertidos, placenteros y contraataques sencillamente geniales: “¿Respondí adecuadamente a tu pregunta condescendiente?”, inquiere Zuckerberg, altivo y uno piensa si es posible que Eisenberg se lleve el Oscar.
Video: Entrevista con Justin Timberlake y Andrew Garfield (rtve)
De todas las críticas entusiastas que recibió La red social, destaco la de Philip French para The Guardian, quien pone al film de Fincher a altura de Rashomon: “[la película] toma ideas sobre la confianza, la amistad, el emprendimiento, la ambición, la traición y la codicia y las lleva a fascinantes nuevas áreas de experiencia”. Por todo esto y las razones que ustedes mismos elaboren post-visión, La red social no es “la película de facebook”. Es la película del año. Es una invitación cinematográfica a la que es imposible declinar. Un film al que, irresistiblemente, le queremos poner el cartel de “Me gusta”.
* Nota publicada en lanacion.com el miércoles 20 de octubre de 2010
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Emma Stone: el renacimiento de Molly Ringwald
Emma Stone en la reciente Easy A
Jules es una de las chicas más hermosas de la preparatoria en Superbad. Como si fuera la Amanda Jones de Alguien maravilloso de John Hughes, parece inalcanzable para Seth (Jonah Hill), pero no lo es. Es sencilla, con un aire de girl next door, pero restándole la inocencia y sumándole tenacidad y convicciones. “¿Qué tiene que ver emborracharse con estar conmigo?” le pregunta a Seth y sabemos que Jules busca huir de la superficialidad en la que él, sin quererlo, la encasilla.
Amelia nunca se ríe en The Rocker, quizás por miedo a mostrar su costado sensible o quizás por miedo a que no la tomen en serio. Ella solo quiere estar en esa banda superfreak y, dentro de lo posible, no salir en los videos con un peinado batido sino con su propio estilo. Por eso, cuando sí esboza una sonrisa cuando la invitan a salir, sabemos que es genuina.
Natalie tiene anteojos en The House Bunny, no cuida su apariencia, es virgen y, a todas luces, una nerd. Tiene problemas para sociabilizar, como el resto de las integrantes de Zeta Alpha Zeta, esa fraternidad anti-cool donde entra Shelley Darlington (Anna Faris) para desplegar su encanto mágico. Con anteojos o sin anteojos, Natalie tiene su propia revancha de los nerds ante el grupo más popular y su revancha personal con ese beso que parecía no llegar nunca.

Wichita es una mujer de armas tomar en Zombieland. En medio de ese clima apocalíptico donde los muertos vivos toman control, ella hace lo mismo, cuidando a su hermana Little Rock (Abigail Breslin) y tomando por asalto a los hombres, robándoles sus herramientas de supervivencia (armas, vehículos) y usando su carisma para hacer el bien y hacer el mal. Lo habitual es que ella haga y deshaga. Sin embargo, cuando intenta escaparse nuevamente, siempre estoica, decide cambiar, mostrarse vulnerable y besar a Colombus (Jesse Eisenberg).
Renace Molly Ringwald
Jules. Amelia. Natalie. Wichita. Esos son los cuatro papeles más importantes en la recién comenzada carrera de Emma Stone en cine - el debut se produjo, justamente, en Superbad en 2007 -, una carrera donde parece sobrevolar Molly Ringwald. Sí, hay muchos rasgos de los personajes de aquella pelirroja que enamoró a los 80, que hacen que Emma enamore en los 00. Para empezar, y similar a lo que sucede con otra gran comediante joven como lo es la citada Anna Farris, Emma es la chica hermosa y sencilla que no se esfuerza demasiado por serlo.
Instantáneamente, sus personajes generan una empatía con el espectador que hace que queramos que todo le salga bien, ya sea arriba del escenario en The Rocker o matando zombies en…sí… Zombieland. Esa perfección indie que tiene, por ejemplo, Zooey Deschanel, está ausente en Emma. Está ausente en los personajes que elige.“El error más común es creer, por ejemplo, que las chicas de The House Bunny son feas que quieren volverse lindas, porque ése no es el punto. El punto es que no les importa. El punto es que son ellas mismas”, dijo una vez Stone y lo podemos hacer extensivo tanto a Jules, como a Amelia, como a Wichita, como a… ¿Gwen Stacy? ¿Cómo será su Gwen Stacy? Stone fue elegida para interpretarla en el reboot (relanzamiento) de la saga de El Hombre Araña, dirigida por Marc “500 días con ella” Webb y protagonizada por Andrew “The Social Network” Garfield. Una dupla que no puede fallar.
Dentro de ese rizoma que es la Nueva Comedia Americana, Emma se alza como una de las chicas que salió del microuniverso de Greg Mottola hacia un panorama más amplio donde ella, sin embargo, solo quiere hacernos reír. “Siempre me sentí más inclinada a la comedia porque con mi papá mirábamos Animal House y nos aprendíamos los diálogos de memoria. El recordarnos así, riéndonos juntos, me hace pensar que eso es amor. Y quería que los espectadores sintieran lo mismo”. Yo digo que con Emma, con esa voz y ese espíritu inconfundible, renace Molly Ringwald y, en consecuencia, el amor por las mujeres nerds de la comedia. Así que, personalmente Stone, te digo: misión cumplida.
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Top Five: las mejores películas de George Clooney

Difícil no respetar a George Clooney. A fin de cuentas, logró no solo explotar su faceta de galán sino que además, al terminar ER, comenzó a pulir su carrera en cine y luego se dedicó a la dirección con dos grandes películas (Confesiones de una mente peligrosa, Buenas noches y buena suerte) y una un poco menos genial (Leatherheads). Pero hay algo que tiene Clooney - eso que nos retrotrae a Cary Grant - que tienen muy pocos actores contemporáneos: carisma. A continuación, y a raíz del estreno de la película de Anton Corbijn (!) El ocaso de un asesino, cinco grandes papeles del actor en cine. Lean y discutan.
* 1. Un día muy especial (1996)
El típico caso de una película donde no pasa nada, pero que la vemos porque nos compran los protagonistas. Clooney, en un papel donde ya despuntaba ese carisma del que hablábamos más arriba, se une a la perfección con Pfeiffer para una historia de amor que empieza cuando la película se termina. Antes, y en tiempo real, vemos cómo esa relación se construye a modo de flirteo, de pequeños favores que se brindan para alivianar el trajín cotidiano, para que dos mundos (con niños a cuestas) puedan converger cuando ese día, lluvioso y complejo, finaliza en la comodidad del hogar.
* 2. Buenas noches, y buena suerte (2005)
Rescatamos este film, más que por la actuación de Clooney, porque se trata de su mejor película como director. Co-escrita por su compañero habitual Grant Heslov, Buenas noches… focaliza en la disputa entre el periodista Edward R. Murrow y el Senador Joseph McCarthy. En blanco y negro, con inserts musicales precisos y un elenco ajustado (la actuación de David Strathairn tiene que estar entre las mejores de la década), Buenas noches, y buena suerte logró ser superior a la película anterior de Clooney (la sorprendente Confesiones de una mente peligrosa) y logró que, si nadie lo había hecho ya, empiecen a tomar a George un poco más en serio.
* 3. Syriana (2005)
No me gusta Syriana, me parece una película sobrescrita, pretenciosa, con un director que quiso hacer su propia Traffic (la cual había guionado), pero con el petróleo como caballito de batalla. Sí, acá también hay múltiples historias y provocación continúa al espectador para que se maree un poquito entre tantas diatribas. Sin embargo, Syriana tiene dos grandes actuaciones: la de Mark Strong (también excelente en Red de mentiras) y la de Clooney. Será un cliché, pero la escena de la tortura realmente muestra hasta qué punto el actor quería emanciparse, aunque sea un rato, de su costado charm. Ya saben lo que dicen: “¿Querés ganar un Oscar?: subí de peso”. George hizo eso y mucho más y la estatuilla, claro, fue suya.
* 4. Michael Clayton (2007)
Michael Clayton Foto: Archivo
Michael es el hombre que arregla las cosas, ése que se toma un avión para hablar con un cliente que está metiendo en problemas a su buffet de abogados. Pero él no es abogado, es un especialista en la palabra. Clooney, más contenido que nunca, se banca escenas con Tilda Swinton, Sydney Pollack y, sobre todo, con Tom Wilkinson, siempre con un dejo de tristeza en la mirada. Como sucede en El informante (film al que Michael Clayton le debe mucho), el personaje central empieza a tomar conciencia de lo que sucede en su entorno, a desesperarse en consecuencia, todo eso para, en algún momento, llegar a la merecida catarsis.
* 5. Amor sin escalas (2009)
Una de las cosas que mejor le salen a Clooney es ser partenaire de una screwball comedy. Así pasaba en Un día muy especial y así sucede con Vera Farmiga en Amor sin escalas, la tercera película de Jason Reitman (Gracias por fumar, Juno). Sin embargo, ese subgénero queda en segundo plano. Acá lo importante es mostrar la vida itinerante de un experto en reducción de personal quien, como Michael Clayton, maneja como nadie el poder de la palabra y se la pasa arriba de los aviones. ¿Cuál es el concepto de hogar? ¿Es necesario tenerlo? ¿Cuán importante son los lazos? Todo eso se pregunta esta gran película donde Clooney termina de coronarse como un actor ídem.
* Nota publicada en lanacion.com el viernes 15 de octubre de 2010
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Yo vi a Radiohead en Glastonbury

Destiny, destiny protect me from the world…
Hay gente que cree en la magia. Hay gente que no. Hay gente abierta a las señales. Hay gente que ve en ellas meras casualidades. Yo pertenezco al primer grupo. Tuve épocas de lectura metafísica, épocas en las que me enroscaba por demás con ese tipo de pensamientos y épocas en las que, simplemente, me maravillaba con cualquier hecho que pudiera considerarse “predestinado”. Esta introducción, probablemente irrelevante, tiene relación directa con lo que me sucedió el 25 de junio de 2010 en Glastonbury; suceso que no solo reforzó mi idea ingenua pero a la vez inevitable de que “todo tiene un porqué”, sino que además reestableció mis lazos con Radiohead. Radiohead, una banda que marcó la vida de muchos y que, afortunadamente, sigue empecinada en no irse nunca de la mía.
El setlist ya deben conocerlo. Que empezó con “The Eraser” y terminó con “Street Spirit (fade out)”. Sí, sí, así fue. El marco también lo saben (el festival de música más importante del mundo). De las frases “My name is Thomas Yorke”, “This is my collegue, Jonny Grenwood” seguramente se enteraron. La idea de esta nota no es hacer una review de esas canciones que escuchamos infinidad de veces (¿en cuántas oportunidades nos desangramos cantando “for a minute there…i lost myself”? piénsenlo, creo que ya perdimos la cuenta) sino la de resignificarlas compartiendo una experiencia.
Una vez hablé con alguien sobre el impacto que tuvo para los seguidores de Radiohead ese 24 de marzo de 2009 en Club Ciudad. Más allá de la ansiedad, las lágrimas, la depresión una vez que el momento pasó e infinidad de detalles del show en sí mismo, el impacto podía medirse en el instante en el que alguien se te acercaba y te preguntaba “¿Qué tal estuvo el recital?”. A riesgo de sonar snobs… ¿Podíamos realmente responder esa pregunta? ¿Debíamos limitarnos a decir “genial”, “increíble” sabiendo que fue mucho más que eso? Sí. De hecho, muchos lo hicimos. Porque, de lo contrario, ¿cómo podíamos poner en palabras ese golpe emocional? Porque no fue un show. Fue una experiencia. Cada uno tendrá escogido un momento para mandar derechito a su videotape (el mío: cuando arrancó el piano en “Pyramid Song”), pero nadie puede negar que ese día fue inolvidable para la mayoría de los que esperamos a Radiohead por años.
El show sorpresa (sí, ahora me gustan aún más las sorpresas) que dieron Thom y Jonny en Glastonbury fue exactamente eso. Una experiencia inolvidable. Una experiencia, a secas. Y el pensamiento de que alguien coordinó todo para que uno estuviera ahí, tan cerca, en el preciso instante en el que sacaban el piano y uno sabía que era de Thom, no tiene forma de ser verbalizado. El público de The Big Pink se estaba yendo y algunos esperanzados y fuera de sí estábamos llegando – en mi caso, gracias a llamados y mensajes de twitteros a los que les estaré eternamente agradecida – al Park Stage, uno de los escenarios más pequeños de Glasto. El rumor de que Michael Eavis iba a presentar a Thom como “el artista sorpresa” me hizo atravesar el Pyramid y el Other Stage, subir colinas, llegar y aferrarme a la valla con un dèja vú importante a cuestas. Y luego del shock inicial de ver ese piano y de la presentación de Eavis, salió él con la vincha Richie Tenenbaum y el mundo se detuvo. “Please excuse but I’ve got to ask” fue el primero de tantos memorables momentos, como cuando salió Jonny, cuando todos hicimos los coros en “Weird Fishes/Arpeggi”, cuando “Pyramid Song” silenció a la audiencia, cuando Thom se nos acercó bailando en “Idioteque”, cuando coronó el show con la frase perfecta: “Immerse your soul in love”. Al terminar, parecía no quedar otra que sentarse solo (imposible en Glastonbury) en el pasto, con el corazón rehusándose a dejar de palpitar, a procesar todo lo que solo dos personas generaron en poco más de cuarenta minutos.
Sí, yo siempre creí en la magia. Siempre padecí el hecho de no verlos como quería ese 24 de marzo, con toda la carga sentimental que tuvo. 24, 25. Si me pongo a pensar que podría verlos de nuevo y que ese futuro día podría ser un 26 vuelvo a enroscarme en esos pensamientos metafísicos con los que empecé esta crónica, acaso más personal que sesuda. Pero, ¿por qué no volver a la magia? A fin de cuentas, la magia y otros factores fueron los que me llevaron a estar el 25 de junio de 2010, a las 20:30hs., en Inglaterra, Glastonbury, Somerset, Pilton, Worthy Farm, Park Stage, primera fila. El día en que un guardia, cuando notó mi expresión al ver el piano, me preguntó si estaba bien, si necesitaba tomar agua. “No, le dije, no hace falta” y lo miré intentando resumir en esa mirada toda la felicidad y emoción que me estaba desbordando. Hoy, meses después, sigo convencida de que me entendió. Y que los que están leyendo esto, aunque no estuvieron ahí conmigo, también.
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A diez años de Kid A
“I’m lost at see, don’t bother me”
Radiohead - “In Limbo”“Este disco me cambió la vida”. Cuántas veces habremos escuchado esta frase y cuántas veces la habremos dicho. No deja de ser un lugar común. Pero lo cierto es que Kid A, que acaba de cumplir una década, es el disco que mejor clarifica la necesidad de Radiohead de contestarle a su álbum anterior; es el disco que, imposible de separar de Amnesiac, habla sobre el escapismo mejor que ningún otro de la banda; y es el disco que a muchos, efectivamente, nos cambió la vida.
Todo el mundo tiene miedo
Lo que todos saben: tras el efecto expansivo de OK Computer, la banda se encierra en la mansión de la actriz Jane Seymour para comenzar a grabar el díptico que rompería con la imagen que se tenía del grupo, con anécdotas de que Thom sentía fantasmas en la casa, con su incipiente obsesión por Autechre y Can y con el interesante planteo de Ed O’Brien, Jonny y Colin Greenwood y Phil Selway: “Che, Thom ¿para qué necesitás que nosotros toquemos en este disco?”. Hasta entonces, los roles de todos estaban definidos, pero ahora el tablero volvía a patearse. Thom quería gestar un álbum de base electrónica, de irrupciones casi molestas y desconcertantes, de letras atravesadas por el miedo y el hastío; un manifiesto acerca de lo que implica alejarse de todo.
En este aspecto, el himno sobre el aislamiento es “How to Disappear Completely”. Durante la gira de OK Computer, Thom, reacio a dar entrevistas, tomó una frase de su amigo Michael Stipe: “I’m not really here, this isn’t really happening” (“No estoy realmente aquí, esto no está sucediendo”). Dicha frase se convertiría en la columna vertebral de una de las mejores canciones de la banda que habla de querer ser uno mismo en un marco que no lo amerita. Al igual que en “The Tourist” de OK Computer, donde Jonny observaba el mundo como espectador pasivo, Thom se observa a sí mismo y habla desde afuera, como si no lograra reconocerse: “Ese de allá, ese no soy yo. Yo voy a ir donde me plazca”. Junto con “How to.”, quizás el ejemplo más emblemático de canción radioheadiana sobre el escapismo sea “Like Spinning Plates”, incluida en Amnesiac, la otra pata del díptico, injustamente subvalorada.
Estamos viviendo en un mundo de fantasía
Como en “Let Down” de OK Computer, donde las ganas de convertirse en aves para poder ver todo desde una altura superior son imperantes, en “How to.”, Thom fantasea con atravesar las paredes y flotar sobre el Liffey, con plena conciencia de su estado de mortal: “En un rato, ya no voy a estar. El momento ya ha pasado, sí, se ha ido”. En contraste con ese estado de ascetismo, de trance espiritual, de una suerte de epifanía, Yorke menciona “fuegos artificiales” y “huracanes”, ante lo cual su combate es el mantra “no estoy aquí, no estoy aquí”, repetido cíclicamente para lograr, de esa manera, desaparecer por completo de ese ámbito caótico, bien capturado por Grant Gee en el rockumental Meeting People is Easy. Otro tema de Kid A que alude al estado de desconcierto y la necesidad de aislamiento es “In Limbo” donde “no hay lugar para esconderse”. Para ello, Thom concibe otro Cloud-Cuckoo Land, un “mundo de fantasía”, el lugar más hermoso posible que, si bien es imaginado como un espacio cerca del río, termina abarcando un estado de transición, una sala intermedia, en el que se flota, donde se está la deriva y donde, sobre todo, surge un deseo imperativo: “No me molestes, perdí el camino”. Lejos de tratarse de una declaración agónica, Yorke imagina ese mundo con un tono hasta casi placentero, dado que no poder encontrarse, estar perdido, como le había sucedido en la era OK Computer, se toma como una consecuencia natural, no como un estado del cual haya que renegar. El no poder reconocerse también aparece plasmado en el verso extra de la versión “White Wine” de “Motion Picture Soundtrack” donde Yorke habla de un “Hermoso ángel despezado en el nacimiento, sin extremidades e indefenso”.
Si bien el cierre de Kid A alude más a otro de los tópicos de Radiohead (el amor no correspondido, el amor que no es el de las películas) que al escapismo, ese ángel hermoso y feo al mismo tiempo, que no tiene una identidad configurada y al cual no podemos terminar de identificar, bien podría ser la metáfora que toma el cantante para referirse a sí mismo y el estado de indefensión en el cual se encontraba cuando, paradójicamente, todo el mundo quería estar cerca suyo. También en ese marco, como sucedería en la posterior “Weird fishes/Arpeggi” de In Rainbows está el amor al cual aferrarse. Así como en ese caso serían los ojos, en “Motion Picture Soundtrack” es la posibilidad de una afterlife. Con otros grandes temas como “Idioteque”, “The National Anthem” y “Everything in its Right Place”, Radiohead le respondía a OK Computer, como OK Computer lo había hecho conThe Bends, y como The Bends lo había hecho con Pablo Honey. Un año después de la ruptura que implicó Kid A, la banda abriría Amnesiac con la frase “After years of waiting.nothing came”. Pero no fue así. Esperamos y mucho vino después. Vino el contestario Hail to the Thief, sensual y perfectoIn Rainbows. Está claro: nunca se sabe qué esperar de Radiohead. Pero si hay una certeza es que la espera siempre valdrá la pena.
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Entrevista con Santiago Loza e Iván Fund

El cine como necesidad. Así podría definirse la manera en la que Santiago Loza se compromete con sus proyectos. No se trata tanto de cumplir con expectativas o de sacudir el avispero sino de saciar un impulso momentáneo. De todos modos, Loza no es ingenuo. Sabe que cada una de sus películas, con mayor o menor grado de proyección, están destinadas a un público selecto. Extraño(2003) o La invención de la carne (2009) no están hechas para complacer sino para cuestionar. Loza filma lo que quiere cómo quiere. Y una vez que sus películas salen al mundo, como decía Borges, ya no le pertenecen a nadie más que al receptor (en este caso, espectador), sobre quien recae el resto de la tarea (la interpretativa).
Los reconocimientos
Su última producción, Los labios, fue co-dirigida por su amigo Iván Fund (quien tiene en su haber otro largometraje titulado La risa), el propulsor del proyecto. El film se presentó en la última edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires y sus directores fueron premiados junto con la película, que recibió el premio de la Asociación de Cronistas Cinematográficos Argentinos. Ahora, Los labios va por más en Cannes donde aspira, junto aCarancho de Pablo Trapero y La mirada invisible de Diego Lerman, a Un Certain Regard (mención especial) en el prestigioso festival, que comenzará el 12 de mayo.
“Estábamos muy contentos con la película, pero no esperábamos semejantes distinciones”, cuenta Fund a lanacion.com, “Yo creo que lo más lindo fue que se sintió una conexión emocional de la gente con la película”. La misma conexión emocional que sus directores sintieron al hacerla. Los labios es un film cuya carga emotiva, como suele suceder en el cine de Loza, no tiene la necesidad de manifestarse de manera explosiva. Por un lado, el tema de por sí es movilizante - tres trabajadoras sociales realizan un relevamiento sanitario en un lugar marginal de la provincia - y, por el otro, sus realizadores lo manejan sin golpes bajos, más bien con una tensión y emotividad callada, que en algún momento sabemos va a expulsarse (con llanto, agotamiento, etc.).
El film fue rodado en noviembre y diciembre del 2009 en San Cristóbal, una ciudad al norte de Santa Fé, tierra natal de Fund, y con el particular agregado de que, excepto las actrices protagónicas, el resto del elenco lo conforman los habitantes de ese lugar. “El rodaje fue muy duro, pero había un componente movilizador en el equipo. Cada día era como una lucha y una victoria”, expresa Fund y agrega Loza: “Es una película que sí o sí te obliga a cuestionarte cosas de manera permanente, siempre se generaban debates entre nosotros sobre la importancia de seguir filmando, sobre cómo continuar”. Como dice su co-director, Los labios genera debate mediante un abordaje del tema más expositivo que discursivo. La gente, compartiendo sus carencias con las asistentes sociales (cuya coraza se va desquebrajando con el paso de los días), no tiene filtro y Loza/Fund filman a cada uno de los lugareños con un respeto que les juega a favor de su película.
Las miradas
En Los labios no hay mensajes subliminales, hay simplemente una realidad insoslayable contada por quienes la viven en carne propia. Asimismo, se percibe un arduo trabajo previo en eso de “cómo contar una historia”. La famosa “mirada” de un cineasta. “Hubo algo previo al guión, un tratamiento que se hizo para edificarlo y bucear el relato. Lo trabajamos mucho, charlábamos, redactábamos, hicimos una primera versión, después se refutó, se armó otra escaleta. Fue mutando mucho. Lo gracioso fue que en el rodaje estábamos con el guión, la escaleta, las notas y además había momentos de improvisación. Pero yo creo que un guión puede ser un material flexible y Los labios claramente lo demuestra”, cuenta Loza.
La complejidad del guión en parte se vincula con el hecho de que Los labios retoma la base del neorralismo italiano, desdibujando los límites entre documental y ficción pero no de manera impostada sino como un modo natural de tratamiento. Porque, al fin y al cabo, todo es ficción. En este sentido, el trabajo de las actrices con los habitantes de ese paraje fue otro elemento a desarrollarse: “Ellas sabían que iba a ser complejo enfrentarse a esa situación, pero les resultó mucho más impactante de lo que pensaban y un actor no tiene por qué estar preparado para lidiar con la realidad así”, cuenta Fund. “Porque una cosa es cuando un actor improvisa en un ejercicio con otro actor - agrega Loza -, pero acá ellas tenían que guiar e ir llevando ciertas escenas con gente que trabajaba sobre una verdad absoluta. Todo lo que una pensaba sobre la actuación empezaba a diluirse, a cuestionarse”.
El cine como medio para hacerse preguntas. Ésa fue la manera en la que se pensó y se concretóLos labios. “Hicimos la película que quisimos, sin especular con nada. Fue un viaje extremo. El día que la vimos terminada, nos dimos por hechos. Más allá del BAFICI o de Cannes, yo aprendí mucho haciéndola, aprendí mucho de Iván, y eso no me lo quita nadie”, expresa Loza. Ahora, todo está en manos de quien la ve, de quien decida detenerse en esos primeros planos de esas mujeres que se mueven en auto de lugar en lugar y que terminan en medio del lodo, borrando las diferencias, entremezclándose con los habitantes de un mundo crudo. Una bella metáfora de cómo la dupla de directores borró los límites entre realidad y ficción. Una bella imagen de Los labios,indudablemente destinada a perdurar.
* Nota publicada en lanacion.com el jueves 29 de abril de 2010
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Millennium: el fenómeno

Hagamos una prueba. ¿Cuántas veces escuchaste en los últimos meses las siguientes frases y nombres?:
a) Trilogía Millennium
b) Stieg Larsson
c) Lisbeth Salander
d) Los hombres que no amaban a las mujeres
e) La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina
Si la respuesta es “más de 10”, entonces sabés de qué estamos hablando. La historia es doble. Por un lado, está la de Stieg Larsson, el autor sueco que concibió la trilogía bautizada Millenniumque comprende tres libros no aptos para haraganes de la lectura (vean si no los tomos: no bajan de las 600 páginas): Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire. Larsson, como otro componente que alimenta aún más este frenesí, falleció inmediatamente después de escribir la tercera novela y la leyenda dice que en su computadora personal yace un boceto de la cuarta.
Por otro lado, tenemos la historia de la protagonista de la creación literaria, Lisbeth Salander, unahacker gótica, algo punkie y con actitud de sobra para acompañar al periodista venido a menos Mikael Blomkvist a resolver un crimen. Y habría una tercera historia, la de la primera adaptación cinematográfica de la saga , de la cual dimos cuenta la semana pasada, a propósito de su estreno en nuestro país.
En cualesquiera de los casos (la muerte del autor que no vio el éxito de su obra, la pasión que genera Lisbeth y la película misma) hay una palabra que los atraviesa: fenómeno. En esta nota, un recorrido por el mundo Millennium, desde los foros que se crearon, los elogios que recibió Larsson post-mortem y la repercusión en números.El fenómeno Millennium en números:
- Los hombres que no amaban a las mujeres tiene 665 páginas; La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina , 749 y La reina en el palacio de las corrientes de aire cuenta nada menos que con 854 páginas. En total, la trilogía comprende 2.268 páginas.
- En España, la trilogía de Larsson lleva vendidos 13 millones de ejemplares, mientras que en Suecia, 3 millones y en Francia, 2,5 . En nuestro país, las tres novelas sumaron un total de 45 mil ejemplares vendidos y en Lationoamérica, 150 mil. En el mundo, la cifra supera los 10 millones de dólares.
- Larsson murió a los 50 años de un ataque al corazón, luego de entregar el tercer volumen de la trilogía.
- Los derechos de la novela se vendieron a casi 40 países.
- En los países en los que se estrenó (casi 20), el estreno de la primera parte de la saga (Los hombres que no amaban a las mujeres) recaudó 83,669,997 millones de dólares.
Soy tu fan: Millennium en la web
Entre los miles de atractivos que nos da la literatura, hay uno que no debería subestimarse: el poder compartir impresiones, intercambiar opiniones, agruparse para la discusión de la lectura. Por eso, no resulta casual que las redes sociales se hayan visto invadidas por Millennium. Si hubo un personaje de la saga que funcionó como catalizador del fanatismo o, que en esencia, lo generó de manera inmediata, ése fue el de Lisbeth Salander, la chica de los piercings y los tatuajes (el más emblemático: el del dragón). Tanto en Facebook como en Twitter, por lo general se respeta una suerte de axioma: hablar de Millennium es hablar de Lisbeth. Incluso el propio Mario Vargas Llosa escribió sobre ella, a quien definió como una hacker “querida y entrañable” y a quien le dio la bienvenida a “la inmortalidad de la ficción”.
La prosa simple pero adictiva de Larsson hizo que su trilogía despertara el frenesí (sustentado, claro, por el “boca a boca”), fácilmente comprobable después en los análisis que fueron naciendo acerca del porqué del fenómeno, los despuntes de la vida y obra del escritor sueco , los foros infaltables para dar rienda suelta al fanatismo sin culpas e incluso otros espacios para alimentar la fascinación iconográfica que despierta la serie, donde se descargan videos, wallpapers y mucho más. Asimismo, la editorial Destino armó un sitio web muy llamativo visualmente y dedicado en su totalidad a la bautizada “serie Larsson”, con los colores negros y rojos como insignia.
La trilogía de Larsson en las redes sociales:

Las explicaciones del fenómeno
Entonces, ¿qué tiene Millennium que la hace tan fascinante? Las teorías son muchas y de lo más variadas. Basta sentarse a hablar con quienes se devoraron los tres tomos para comprobarlo. Hay quienes le adjudican gran parte del mérito a Lisbeth como personaje femenino activo, subversivo y adorable por su condición de outcast; otros, al modo en el que Larsson se detiene en temas complejos como la corrupción y los medios; otros encontraron placer en el devenir de la investigación tanto policial como periodística con ecos de Sherlock Holmes y Agatha Christie; y otros simplemente se sintieron cautivados por esa narrativa que responde a la captatio benevolentia, ese recurso literario con el que el autor seduce al lector generando un lazo inquebrantable.
Así como en Deja entrar al correcto, a partir de la historia de amor vampírica entre Oskar y Eli, John Ajvide Lindqvist examinaba los suburbios de Estocolmo, Larsson, mediante su relato policial y de espionaje, también observa, en este caso, la Suecia de posguerra. Y quizás no importe que lo haga, como muchos le han criticado, en las antípodas de la prosa de los genios, pero eso no le quita validez a su fenómeno. Vargas Llosa así lo dijo: “La novela no está bien escrita (…) y su estructura es con frecuencia defectuosa, pero no importa nada, porque el vigor persuasivo de su argumento es tan poderoso y sus personajes tan nítidos, inesperados y hechiceros que el lector pasa por alto las deficiencias técnicas, engolosinado, dichoso, asustado y excitado con los percances, las intrigas las audacias, las maldades y grandezas que (…) dan cuenta de una vida intensa, chisporroteante de aventuras y sorpresas”.
De esta manera, todo parece reducirse a si habrá que conocer esa vida intensa o quedarse afuera de ella. Por lo pronto, el fenómenoMillenium es ineludible. Los libros ahí nos esperan, la primera película ya se estrenó en los cines, las secuelas ya están en proceso y hasta se está gestionando una serie televisiva de seis capítulos. Sí. Millennium llegó para quedarse. Sucumbir o no, ésa es la cuestión.
* Nota publicada en lanacion.com el martes 23 de febrero de 2010
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Fito Páez, música para lo que fue y será

“Siempre uno repite lo mismo pero con el color del momento” dijo Fito en medio del recital en el que presentó su nuevo disco, Confía. Y es difícil no contradecirlo. Últimamente, ya sea volviendo a las fuentes con ese gran álbum que fue Rodolfo, energizándose con El mundo cabe en una canción o melancolizando todo con No si es Baires o Madrid, el rosarino siempre, a través de sus canciones, cuenta historias sobre eso (tan trillado y a la vez tan nuevo en su voz) de darle tiempo al tiempo. Como consecuencia, hay algo de urgencia en sus recitales, de arrebato, de impulsividad.
Anoche, Fito miró otra vez al pasado. Lo hizo con la madurez rabiosa de “Ciudad de pobres corazones”, con la ternura adolescente de “La rueda mágica” o, simplemente, a través de esa suerte de cortometraje doloroso que es “Polaroid de locura ordinaria”. Como si no valiera la pena decodificar el futuro - tarea tan fútil como la de hacerlo con el pasado - las letras de Fito, esas que hablan de lo mismo con otro color, privilegian el momento en que estás (oh, sí, el presente). Esto se vio en la sencillez de la preciosa “Limbo mambo” (donde “solo se trata de caminar”), en la relectura de “Dos días en la vida” llamada “M&M” (donde “la vida dura solo un segundo”) y en otro de esos relatos tan cinematográficos como “La nave espacial” (donde “juraron no volver atrás”), tres buenos momentos de Confía.
Emancipándose de sus nuevas composiciones, Fito, siempre gesticulando de la misma manera, siempre disfrutando de esos clásicos a prueba del paso del tiempo (otra vez el tiempo), canta “El chico de la tapa” como si fuera la primera vez y hace cantar “Cable a tierra” y “Un vestido y un amor” confiando en un público que tiene ciertas frases grabadas a fuego. Así, el concierto fue una suerte de festejo de hits tan contundentes como “Mariposa Tecknicolor”, “Al lado del camino” y “Tumbas de la gloria”. También hubo emoción, sí, pero la emoción de ver al cantautor acompañado nuevamente por Claudia Puyó, quien apareció en “Circo Beat” y dejó su sello en “El amor después del amor”, más intravenosa y pasional que nunca.
Bajo una misma piel y en la misma ceremonia, Fito conmovió especialmente con el estreno de “London Town”, la mejor canción de su nuevo disco, otra de esas composiciones que miran al pasado con dolor pero con el rey sol queriendo abrirse paso: “Lo que fue hermoso nunca más ya lo será. Llueve y está gris, el sol ya vendrá”. Perdido en ese huracán, bajando por el callejón, en un café donde se vieron por casualidad, en la playa del mar que nos unió, en la ciudad de pobres corazones, Fito, con grandes aliados arriba del escenario como Dizzy Espeche y Carlos Vandera, hizo a todo extensiva la letra de “El mundo de hoy” (otro de los bellos temas de Confía) y, de este modo, su show terminó de cristalizarse como un divertido acto de inconsciencia. La gente se acopló, revoleando trapos en “A rodar mi vida” y bailando al ritmo de “Circo Beat”, respondiendo al mandato de que hay que salir al sol. En este sentido, nunca mejor la ejecución de “Llueve sobre mojado” (“después de llover, un relámpago va deshaciendo la oscuridad con besos, que antes de nacer, morirán”), la única de ese disco maldito pero enorme que fue Enemigos íntimos.

Piano. Guitarra. No importa. Las historias de Fito, como él anticipó, son reversiones de otras viejas historias, que igualmente lo siguen encontrando en la posición del chico de Rosario que puso las canciones en nuestros walkmans. La presentación de Confía, disco sin la intimidad de Rodolfo pero con el nervio que a él tanto le divierte, lo tuvo al músico como artífice de un show que, más que un show, fue un antídoto contra el tiempo, maldita daga, siempre lamiéndonos los pies.
* Nota publicada en lanacion.com el sábado 8 de mayo de 2010
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Bafici 2010: mano a mano con Juan Villegas

Andrés no habla mucho, apenas si se comunica con su padre y su hermano, con quienes comparte una suerte de cotidianeidad desencantada y con quienes no puede terminar de articular la soledad y el vacío que lo aquejan. Ese vacío no solo es fruto de la muerte de su madre sino también del limbo en el que está sumergido, con refugios en la lectura de Camus, la música de Pescado Rabioso y las caminatas por las vías del tren.
Ocio, el tercer largometraje de Juan Villegas (luego de Sábado y Los suicidas) y el primero de Alejandro Lingenti, está basado en la novela de Fabián Casas y pinta, en esencia, un micromundos bastante particular. Es decir, es una película argentina pero que bien podría transcurrir en un lugar sin nombre, donde más que lo que se dice importa ese devenir de un personaje al que no parece pasarle mucho, pero a quien en realidad le pasa de todo. ¿Cómo mostrar, entonces, esa inercia que no es más que insatisfacción? Villegas y Lingenti lo hacen desde la ambición. Ocio es una película que busca correr al espectador de un lugar cómodo. Ocioes una película que muestra el barrio, la adolescencia, el deambular con una estética casi impenetrable, donde todo está puesto al servicio de un mundo de ausencias, de tristeza, desde los almuerzos de Andrés con su familia hasta la golpiza que recibe de unos motoqueros y las irrupciones rockeras de Ariel Minimal. Todo resulta, enrarecido, depresivo, molesto. Insisto: incómodo. Y no hay forma de que sea de otra manera.
“Alejandro no quería adaptar una novela más, quería adaptar la novela de su amigo. Y cuando me sumo al proyecto también lo hice por una cuestión de amistad. Esto que parece banal, en realidad es muy importante porque se traslada a la película, en la que los vínculos son muy importantes”, expresa Villegas a lanacion.com. Efectivamente, Ocio es un film sobre momentos compartidos de aparente trivialidad y, sobre todo, sobre la necesidad - e imposibilidad - de comunicarse. Por eso, la contracara de Andrés termina siendo su mejor amigo y un ucraniano que le pide un pucho antes de arrancar con un monólogo sobre el tópico que sobrevuela todo el film: el tiempo. Ambos personajes resultan vitales, de lo contrario, Andrés no hubiese podido prestarles el oído, que es lo que lo caracteriza. Andrés habla poco porque es, justamente, un observador.
En cuanto a su debut en la co-dirección, Villegas asegura que no hubiese podido hacerlo con alguien a quien no lo unieran tantas cosas: “No solo nos gusta lo mismo a nivel cinematográfico sino también en cuanto a la música e incluso las personas. Eso nos dio la confianza necesaria para trabajar juntos y ahora nos da ganas de repetir la experiencia”. Villegas sabe lo que implica presentar su película en competencia en nada menos que el Bafici, donde el desafío de enfrentarse a un público más selecto nunca deja de pesar: “Este momento es importantísimo para nosotros, porque es el momento en que terminamos de entender qué película hicimos, cuando se la muestra al público y se recibe la devolución - asegura Villegas -; no hay lugar mejor para mostrar una película argentina independiente, es el ámbito ideal porque el espectador del festival es curioso y se anima a experimentar cosas nuevas”.
Ocio, sin dudas, es una experiencia nueva, una forma de acercarse al tedio, a la incomprensión, al sinsentido de los días. Como si se tratase de una película de Walter Hill (personalmente, me remitió a The Warriors), la obra de Villegas y Lingenti avanza siempre fiel a ese microcosmos, a esa música que lo inunda todo y que, luego, cuando es necesario, da lugar al silencio más ensordecedor.
* Nota publicada en lanacion.com el martes 13 de abril de 2010
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Lea Michele: la princesa del musical

“Simplemente tengo que marchar, mi corazón es un tambor” canta Fanny Brice en Funny Girl, el musical de Isobel Lennart que Barbra Streisand inmortalizó en la pantalla grande. 42 años después del estreno de esa película, Lea Michele cantaba ese mismo tema, titulado “Don´t Rain on my Parade”, en el episodio final de la primera temporada de Glee. Las comparaciones con Barbra no tardaron en llegar y las mismas iban desde su nariz imperfecta hasta su ímpetu para moverse arriba del escenario como si fuese la última vez que pudiera cantar sobre él. Porque Lea nació para estar sobre las tablas.
Despertar de primavera
Hija de una enfermera y de un comerciante, Lea Michele nació en el Bronx pero se crió Nueva Jersey. Como su personaje de Rachel en Glee, siempre tuvo una meta bien demarcada y desde temprano comenzó a cosechar logros. No muchas actrices jóvenes pueden jactarse de debutar en Broadway a los nueve años. Lea sí. En 1995 la llamaron para hacer un reemplazo en la obra Los miserables; en 1998 formó parte del elenco estable de Ragtime; en 2004 interpretó dos personajes en El violinista sobre el tejado y hasta se dio el lujo de actuar en la puesta teatral de El diario de Anna Frank y Despertar de primavera, por la que fue nominada a diversos premios al teatro.
Como su carrera siempre fue inquieta, tan solo dos años depués dejaría la obra, no sin antes recibir el Grammy (junto al resto de sus compañeros de elenco) al Mejor Álbum Musical, y pasaría a integrar el cast de otra puesta: Nero. Pero…¿cuánto faltaría para ser redescubierta Tan solo un pocos meses porque, de un momento a otro, fue a audicionar para una serie que prometía. Y esa serie se llamaba Glee.
Larga vida a los losers
La propia Lea contó que recién cuando fue a audicionar para el papel de Rachel Berry fue que logró descubrir su capacidad innata para el dramatismo teatral. La tenaz diva de la purpurinescacreación de Ryan Murphy (sí, el mismo Ryan Murphy de Nip/Tuck, vaya uno a creer) tenía mucho en común con la joven de 23 años que iba a interpretarla. “Yo también soy una diva musical como ella, por eso me identifico y me divierto tanto·, expresó Michele.
Si bien Glee es una serie coral por excelencia - intenten elegir solo un personaje favorito, créanme, es bastante difícil -, desde que Rachel aparece por primera vez en el episodio piloto lo hace pisando fuerte, marchando como esa canción de Funny Girl que tan bien le sienta. Ambiciosa, decidida, fanática de las estrellas doradas (ella, sin dudas, es una más), Rachel deja una marca donde sea que vaya y cantando lo que sea. Dentro del repertorio que le tocó en suerte a Lea se encontraban tanto “On My Own” (de Los miserables, que conocía como la palma de su mano), “Defying Gravity” (que le valió una comparación con otra chica Broadway: Idina Menzel) como “Crush”, una canción pop tonta, azucarada y, por ende, sumamente encantadora. Como Glee.
Precoz y sustancial carrera. Nada mal para una chica de 23 años que, a partir de este instante, planea aprovechar al máximo cada día, como lo aprovechó Fanny Brice mediante dos métodos: cantando y sonriendo. Así de simple.